Ayudar a los hijos a decidir

Publicado en La Vall, nº 20, junio 2017, pp.4-6

María Rosa Espot y Jaime Nubiola 
Ciencias o letras, arquitectura o ingeniería, cambio o no de trabajo, me inicio o no en la droga, me tomo en serio a Dios o vivo sin Él, son —entre muchas otras— algunas de las alternativas que piden una decisión a los jóvenes. Decidir y elegir no es siempre sencillo. A veces surge el miedo a equivocarse, al cambio o al fracaso; otras veces la información de la que disponen sobre una cuestión es tan escasa, o por el contrario tan abundante y las alternativas son tantas, que realmente llega a ser agobiante para quien tiene que elegir, hasta el punto a veces de preferir que sea otro quien decida por uno mismo.

Todos sabemos que cada persona termina siendo de un modo u otro en función de las decisiones que ha tomado —o ha evitado tomar— en su vida. Es más, las decisiones que se toman en la adolescencia y en la juventud son determinantes en la vida de cualquier persona. Por lo tanto, enseñar a los hijos a decidir es clave en su proceso de crecimiento personal, pues la vida es un proyecto que —lejos de improvisarse— exige compromisos, planes, plazos, decisiones y renuncias.

Ayudar a los hijos a decidir es enseñarles a pensar por cuenta propia, a no renunciar a asumir el protagonismo de su propia vida, es decir, sin transferir a los demás las decisiones sobre sus propias pautas de comportamiento.

Convencidos de que tomar decisiones ayuda a pensar la propia vida y a construir el tipo de persona que cada uno en particular aspira a ser y el tipo de vida que quiere vivir —cuestiones que no son triviales— los autores escribimos este artículo inspirado en nuestro libro titulado Cómo tomar decisiones importantes. (Dirigido a jóvenes de 15 a 22 años), Eunsa, Pamplona, 2016.  


Algunas pautas para enseñar a decidir

Tomar una buena decisión requiere tiempo; tener unos objetivos claros, por lo tanto conocer a fondo los propios intereses, gustos y aptitudes (reflexión); estar dispuesto a escuchar a los demás (pedir consejo); y finalmente, ser capaz de elegir con el corazón.

Elegir con el corazón es elegir la opción con la que uno se imagina que llegará a ser más feliz, es decir, la opción que uno piensa que llena más su interioridad. No se trata de que el corazón ocupe el lugar de la razón, sino que la razón se ensanche con el corazón. Por eso, en el libro nosotros —los autores— invitamos a hacer un trabajo personal previo de investigación, recopilación y organización de una gran cantidad de información, antes de seguir al corazón.

Ni que decir tiene que las dificultades y los miedos aparecerán; por lo tanto habrá que enseñar a los hijos a hacer frente a todas esas adversidades para vencerlas y así poder decidir bien. La renuncia que conlleva toda decisión es una de las dificultades más frecuentes a la hora de tomar una decisión. En este sentido, puede decirse que "decidir" es "renunciar". De hecho, quien dice "sí" a algo, a la vez también dice "no" a otras cosas. Se trata de hacer ver a los hijos que el quid está en descubrir el valor de lo que se elige y el valor de lo que se rechaza.

Enseñar a tomar decisiones de manera acertada incluye también enseñar a tomarlas cuando corresponde, esto es, sin precipitaciones, pero en su momento. Sin esperar a encontrar seguridades absolutas que en casi ningún área existen y que, sin embargo, la persona indecisa busca a toda costa. Ignorar esta realidad impide muchas veces actuar y avanzar. Hay que convencer a los hijos de que tomar decisiones en condiciones "ideales" o "perfectas", con todas las variables bajo control y sin ninguna presión, es una utopía.

Elegir de manera acertada es, además, saber dejar de lado los "qué dirán", en particular los del grupo de amigos, y saber vencer el miedo al fracaso, a equivocarse y al cambio. En general todos tenemos miedo de las mismas cosas. Lo que ya no es tan común es la forma de gestionar los miedos que sentimos y ganar la partida. En este punto los padres tienen mucho que aportar a sus hijos, ya que la actitud que se adopta ante el miedo es muy importante para poder tomar bien una decisión.  


El papel de los padres

Educar a los hijos significa ayudarles a adquirir madurez personal y esto solo se consigue si los hijos logran desarrollar su capacidad de hacer efectiva su libertad personal. Si los hijos alcanzan este logro, serán capaces de llevar las riendas de su propia vida, de pensar por su cuenta y tener pensamientos propios, no pensamientos de memoria o copiados. Se trata de empeñarse en no formar personas de respuesta aprendida.

Muchos padres tienen miedo a la libertad de sus hijos. Quizás en algunos casos sea más exacto decir que tienen miedo a que sus hijos hagan un mal uso de la libertad que les es propia y corresponde. En cualquier caso, vale la pena resaltar que para superar el miedo a la libertad de los hijos es preciso educarles en la responsabilidad. De muy poco sirve limitarse únicamente a decirles lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer. En cambio, saber dar razones con argumentos y marcar los límites adecuados con convencimiento —en particular en la etapa de la adolescencia— es crucial en el proceso de crecimiento personal de cada hijo.

"La dignidad de la persona —ha escrito el profesor José Antonio Alcázar— implica la libertad, pero no como mera posibilidad de optar entre cosas más o menos interesantes, sino como capacidad de decidir por sí mismo lo que se ha de hacer para ser lo que se quiere ser". La habilidad para tomar decisiones se adquiere y, con el paso del tiempo puede mejorarse. En este sentido, el papel de los padres es fundamental. Se trata de acompañar y apoyar a los hijos en el proyecto más importante de su vida: su propia vida. Sin imponer ni decidir por ellos.

La elección del colegio de los hijos, del lugar de vacaciones familiares, o el horario del hogar familiar, por poner unos ejemplos, no son decisiones que corresponda tomar a los hijos. En cambio, la elección de la carrera y de los amigos, jugar o no a fútbol, tomarse o no en serio a Dios, sí son decisiones —entre muchas otras— que corresponde tomar a cada hijo en particular. No robarles su decisión exige a los padres no tener miedo al uso que los hijos puedan hacer de su libertad.

A muchos jóvenes la vida les viene hecha por sus padres, por sus maestros, por "lo que hacen todos" o incluso por los medios de comunicación, que les dictan cómo han de vestir, cómo han de vivir y cómo han de comportarse en todos los órdenes. Sin embargo, tener pensamientos propios es uno de los objetivos más importantes en la educación de los hijos, y esto incuestionablemente pasa por dejarles tomar con libertad sus decisiones. Dicho con otras palabras, —lejos de desentenderse de los proyectos, afanes e ilusiones de los hijos— pasa por saber retirarse con delicadeza y dejarles decidir después de haberles ofrecido las consideraciones y los consejos oportunos. Ellos son los que deciden.

María Rosa Espot
Profesora de Matemáticas ESO, La Vall
Jaime Nubiola
Profesor de Filosofía, Universidad de Navarra