El aburrimiento de los profesores

Publicado en Vanguardia Educativa (Monterrey, México), nº 6, 2011, pp. 18-19

Reproducido en Facebook
María Rosa Espot y Jaime Nubiola
En sus Lecciones de los maestros, George Steiner escribe que "enseñar con seriedad es poner las manos en lo que tiene de más vital un ser humano. Es buscar acceso a la carne viva, a lo más íntimo de la integridad de un niño o de un adulto. Una enseñanza deficiente, una pedagogía rutinaria, un estilo de instrucción que —conscientemente o no— sea cínico en unas metas meramente utilitarias, son destructivos. Arrancan de raíz la esperanza. La mala enseñanza es, casi literalmente, asesina". Pensamos que nuestros jóvenes se aburren porque sus profesores han matado sus ganas de aprender. Si los profesores nos persuadiéramos de que nuestra tarea educativa es lo que la humanidad necesita, entonces lograríamos contagiar a nuestros estudiantes la ilusión por aprender, el afán por hacer progresar la ciencia y por construir entre todos una sociedad más justa.

Profesores que aburren a sus alumnos

Un profesor que disfruta con la docencia hace disfrutar a sus alumnos y uno que se aburre enseñando irremediablemente les cansará y aburrirá. Los profesores que aburren a sus alumnos presentan la información de manera poco atrayente, monótona y pesada. Logran convertir actividades fantásticas como son pensar, analizar, calcular, razonar o memorizar en algo fastidioso que no interesa. A menudo se trata de profesores impuntuales, que no están dispuestos a cambiar, a ser puntual, a trabajar bien, a adaptarse, a comprender, a dar oportunidades. Por supuesto, tampoco están interesados en comunicarse personalmente con sus alumnos ni con sus colegas. Es decir, no están dispuestos a mejorar ni a aprender. Por ello, no pueden contagiar las ganas y la ilusión por aprender porque no las tienen.

Los estudiantes se aburren también con los profesores vanidosos y pedantes. Hay profesores que se suben a un pedestal delante de sus alumnos utilizando un lenguaje complicado o pregonando de manera pretenciosa sus títulos académicos, congresos y publicaciones. Los alumnos suelen sentir a estos profesores como muy alejados de su realidad y, por tanto, no logran sintonizar con ellos. El objetivo fundamental de esos profesores es quizá el de triunfar, alcanzar su éxito particular, pero no el de contribuir a la mejora de sus alumnos y de la sociedad. La búsqueda de la propia "excelencia" del profesor aburre soberanamente a sus alumnos que no llegan a entender dónde está la supuesta excelencia de su profesor.

Profesores que se aburren

Los profesores que se aburren son los profesores hartos de su actividad docente y —muchas veces también— del propio centro educativo en el que trabajan. Su tarea profesional no les reporta ninguna gratificación profunda. Muchos, desanimados por las dificultades personales y de su entorno, se han llenado de amargura y de resentimiento. No se sienten capaces de cambiar ellos personalmente y mucho menos de intentar cambiar —aunque sólo fuera un poco— el ambiente en el que desarrollan su actividad.

Los profesores que se aburren no consiguen tampoco ayudar a sus alumnos a aprender, ni, por supuesto, son afectuosos con ellos. Son docentes pesimistas, es decir, no creen en la capacidad de mejora de sus alumnos y están convencidos de que ellos muy poco pueden hacer. Ken Bain escribió que los mejores profesores son aquellos "que sí pueden conseguir peras de lo que otros consideran que son olmos, personas que ayudan constantemente a sus estudiantes a llegar más lejos de lo que los demás esperan". Los profesores que se aburren son malos profesores. Sus expectativas con relación a sus alumnos son escasas o nulas. Su pesimismo ahuyenta a los estudiantes. Sin embargo y paradójicamente, estos mismos docentes son los que se lamentan de que sus alumnos no vibran con la materia que ellos imparten de manera tan aburrida. En este sentido, hay que desconfiar siempre de aquellos colegas que se quejan con frecuencia de lo poco que saben sus alumnos y del escaso interés que muestran por aprender. Los alumnos no son malos, los malos son esos profesores.

Estos profesores conciben quizá su tarea profesional exclusivamente como un medio instrumental para el propio sustento, pero no para su crecimiento personal ni mucho menos para el crecimiento de sus alumnos. No tienen interés —ni tiempo, dicen— para leer y estudiar con lo que pierden la oportunidad de actualizarse y mejorar intelectualmente. Como han perdido las ganas de aprender, de renovarse y de disfrutar en su quehacer profesional diario, sus jornadas se suceden con una monotonía y rutina devastadoras.

Cómo disipar el aburrimiento

El aburrimiento en una clase se disipa como la niebla en la montaña. Un golpe de viento, un brote de verdadero interés y "resucitan" los estudiantes. Cuántas veces el clima de una clase cambia radical y favorablemente por unas palabras acertadas del profesor, por el entusiasmo con el que las pronuncia, o por una mirada de atención o un gesto de interés dirigido a sus alumnos. Un profesor que en su tarea profesional logra transparentar su contento, sus ganas de aprender, su convencimiento personal de lo que dice y hace, realmente reaviva a sus alumnos.

Los jóvenes están dispuestos a seguir a los maestros que son auténticos, que piensan lo que viven, que dicen lo que piensan y que viven lo que dicen; que respetan, valoran y quieren a sus alumnos y no tienen reparo en que se note; que exigen, pero también aclaran, corrigen y saben dar oportunidades; y por supuesto profesores que dominan la materia que imparten y no dejan de aprender y actualizarse día a día.

Es cierto que cuantos más recursos domine un docente, más posibilidades tendrá a la hora de educar, pero tiene que saber adaptar esos recursos a las capacidades y características de sus alumnos. No nos parece que la solución al problema del aburrimiento se encuentre en introducir en el aula nuevas tecnologías o técnicas de trabajo cooperativo —por poner unos ejemplos— tan en boga hoy en día, pues éstas son únicamente herramientas de apoyo, útiles pero del todo insuficientes. Como dice un colega nuestro, un profesor aburrido es capaz de aburrir a sus alumnos con cualquier aplicación de las nuevas tecnologías, mientras que un profesor creativo, ameno y divertido —que nada tiene que ver con ser jocoso o bufo, sino con mostrarse alegre y de buen humor— es capaz de hacer disfrutar a sus alumnos aprendiendo de memoria el abecedario o las tablas de multiplicar.

Necesitamos profesores cuyas metodologías estén centradas en los contenidos, pero también son importantes las formas. Necesitamos profesores cuyas evaluaciones vayan dirigidas al resultado final de la enseñanza que desarrollan y a lo que los estudiantes aprenden, pero también —y queremos subrayarlo— al grado en el que los alumnos disfrutan aprendiendo. El profesor no puede aburrir, no puede matar las ganas de aprender de sus alumnos.

Los jóvenes de hoy necesitan profesores competentes, creativos, entregados y entusiasmados. Profesores que amen lo que hacen y que sean capaces de cautivar la atención de sus alumnos con su trabajo. Cualidades todas éstas del buen profesor que no pueden improvisarse, y que hay que cultivar con esfuerzo y empeño día a día. Este es el reto para los profesores que no están dispuestos a aburrirse en su trabajo y que, por supuesto, no quieren que sus alumnos se aburran.

____________________________

María Rosa Espot (Barcelona) es Licenciada en Ciencias Biológicas por la Universidad Autónoma de Barcelona y Doctora en Humanidades por la Universitat Internacional de Catalunya. Desde 1978 es Profesora en el Colegio La Vall de Bellaterra (Barcelona). Es autora de los libros La autoridad del profesor. Qué es la autoridad y cómo se adquiere (2006) y en colaboración con J. Nubiola, Aprender a divertirse (2011). Contacto: mrespot@la-vall.org

Jaime Nubiola (Barcelona, 1953) es Profesor de Filosofía en la Universidad de Navarra, España. Entre sus libros se cuentan El taller de la filosofía, Pensar en libertad, Invitación a pensar y en colaboración con F. Zalamea, Peirce y el mundo hispánico. Es director de la revista Anuario Filosófico y director del Grupo de Estudios Peirceanos. Contacto: jnubiola@unav.es