El reto de la escuela inclusiva

Vanguardia Educativa, nº 36, Monterrey, México, 2018

María Rosa Espot y Jaime Nubiola
La mejora de la escuela para hacerla verdaderamente inclusiva es uno de los grandes retos de la educación actual. Para unos —los teóricos— urge convertir todas las escuelas ordinarias en centros educativos para todos incluso para aquellos alumnos que presenten discapacidad, es decir, eliminar cualquier tipo de exclusión. Para otros —muchos profesores— la educación inclusiva es solo un sueño o, como advertía un profesor, es "una nueva mochila a nuestra espalda".

La inclusión en las escuelas aspira a ser un garante del aprendizaje —que es mucho más que la integración y la socialización— de todos los alumnos de un centro escolar, independientemente de sus características sociales y emocionales, sus capacidades y sus discapacidades. Es decir, aspira a ser una escuela de calidad para todos los niños y jóvenes. En este modelo educativo, vale la pena destacar la importancia clave que tiene el término aprendizaje, muy por encima de los términos integración y socialización.

La mejora de la escuela inclusiva es tarea de toda la comunidad educativa: padres, profesores, alumnos, directivos de escuelas, Administración Educativa del momento. Requiere gran coordinación, recursos, refuerzos educativos, así como ratios y horarios que realmente la favorezcan.


Cómo se define la escuela inclusiva

Para su definición acudimos a la UNESCO y UNICEF. "La Educación Inclusiva implica que todos los niños y niñas de una determinada comunidad aprendan juntos independientemente de sus condiciones personales, sociales o culturales, incluso aquellos que presentan discapacidad".

"La Educación Inclusiva se entiende como la educación personalizada, diseñada a la medida de todos los niños en grupos homogéneos de edad, con una diversidad de necesidades, habilidades y niveles de competencias. Se fundamenta en proporcionar el apoyo necesario dentro de un aula ordinaria para atender a cada persona como precisa, entendiendo que podemos ser parecidos pero no idénticos unos a otros y, con ello, nuestras necesidades deben ser consideradas desde una perspectiva plural y diversa".

El aula —asegura la educación inclusiva— es un grupo diverso y el profesor ha de atender esa realidad. Lo que se exige al profesor no es únicamente lograr la integración o la socialización de todos los alumnos, sino algo mucho más difícil, que es lograr que todos los alumnos juntos en un aula ordinaria —¡y diversa!—, aprendan. Este objetivo no solo exige al profesor un saber de su materia y unos conocimientos propios de especialistas (psicopedagogos, logopedas), sino que además le reclama una preparación —fuera del aula— altamente diversa de todas y cada una de sus clases diarias, y una planificación específica y concreta de cómo repartir de manera plural su atención y su tiempo, entre todos los alumnos en cada una de sus clases. Una auténtica multitarea muy difícil de conseguir sin apoyos educativos dentro y fuera del aula.

Sin esas ayudas, difícilmente el profesor podrá asumir la inclusión de manera positiva tal como se plantea, se presenta y se desea que sea aceptado este modelo educativo. Se trata de que la educación inclusiva sea considerada un enriquecimiento para todos, en lugar de un problema. En este sentido, es incuestionable la ayuda de quienes organizan y dirigen el centro escolar y de la Administración Educativa. Una ayuda traducida en apoyos y recursos diversos —en particular humanos— que permitan tanto al profesor como a los alumnos tan diferentes entre sí sentirse cómodos ante la diversidad en el aula.


La soledad del profesor de aula ante las NEE


En el aula inclusiva de un centro ordinario el profesor de aula ha de atender adecuadamente a los alumnos con NEE (Necesidades Educativas Especiales), término que "pretende hacer hincapié en los apoyos y ayudas que el alumno necesita". Se refiere a las ayudas y atenciones derivadas de discapacidad, trastornos graves de conducta, trastornos mentales, etc., es decir, ayudas y atenciones dirigidas a los alumnos que "les cuesta más aprender, comprender y comunicarse". Vale la pena destacar que el término NEE se refiere también —aunque quizá se le presta menor atención— a las necesidades educativas que precisan los alumnos que aprenden más rápido que los demás, los alumnos de altas capacidades.

¿Quién diagnostica las NEE en un alumno?, ¿quién determina las ayudas y los apoyos acordes al diagnóstico? Los especialistas: médicos, psicopedagogos, psicólogos, logopedas, asistentes sociales, terapeutas diversos, etc. ¿Quién debe tener en cuenta el diagnóstico y hacer efectivas en el aula las ayudas y los apoyos pertinentes? El profesor. Decir que un alumno presenta NEE, es decir muy poco al profesor de aula. El profesor tiene que saber cuáles son las necesidades educativas diagnosticadas, para poder adaptar adecuadamente el currículo y poder acertar en la metodología que precisa el alumno.

Del profesor de aula se espera que con su práctica docente dé respuesta a las necesidades educativas de todos y cada uno de sus alumnos. En este sentido, el profesor —necesaria e incuestionablemente— tiene que estar asesorado por el especialista o equipo de especialistas (del centro escolar o de fuera de él) que ha diagnosticado y determinado las necesidades educativas especiales. Sin ese asesoramiento al profesor le será muy difícil —por no decir imposible— realizar de manera satisfactoria su docencia en un aula ordinaria inclusiva con muchos alumnos diversos agrupados únicamente por la edad. De hecho, parece lógico pensar que los especialistas de escuelas de educación especial (centros con tendencia a desaparecer o al menos a disminuir en número) se trasladen a las escuelas ordinarias inclusivas.

La soledad del profesor de aula surge —profunda y dolorosamente— cuando carece de ese asesoramiento, o no se dota al centro escolar de recursos humanos y materiales (cuadernos escolares de materias y niveles diversos adaptados, espacios, etc.) para atender debidamente a los alumnos con necesidades educativas especiales. Pero sobre todo la soledad del profesor es intensa cuando no se dota al centro, de profesores de refuerzo en particular para atender la necesidad de atención individualizada específica que requieren determinados alumnos. Las nuevas tecnologías claramente son insuficientes para hacer frente a determinados trastornos de aprendizaje.

En esta soledad, además, al profesor se le priva de algo muy preciado y gratificante para él: ver en la mirada y en la expresión del alumno la satisfacción que produce el aprender.


A modo de conclusión

Ciertamente las aulas escolares de una gran mayoría de países, están modificándose como consecuencia de querer hacer efectiva la igualdad de oportunidades, la equidad y la calidad educativas para todos los alumnos. Su objetivo es transformar las escuelas en auténticos centros inclusivos.

Para que la escuela inclusiva deje de ser una escuela teórica y utópica, es preciso prestar atención a las necesidades tanto de los alumnos como de los profesores que aspiran a adaptar sus enseñanzas a cada alumno en particular, así como proporcionarle el apoyo y la atención que precise de acuerdo con sus características y necesidades.

El buen profesor del modelo educativo inclusivo quiere a toda costa promover el "éxito" de todos y cada uno de sus alumnos, esto es, su aprendizaje. No se conforma en alcanzar la integración y la socialización —ambas realmente necesarias, pero del todo insuficientes— de todos los alumnos. Es imposible alcanzar su objetivo en solitario.

La escuela inclusiva no es posible sin un equipo de profesionales variados. Lo que queremos decir es que requiere profesores de las distintas materias del currículo (profesores de aula), profesores de refuerzo y especialistas de otras disciplinas (psicopedagogos, logopedas, psicólogos) que juntos trabajen en equipo, de manera coordinada. Apoyándose los unos a los otros, escuchándose mutuamente y aprendiendo recíprocamente. Se trata de un trabajo educativo que reclama una organización bien planificada de todos esos profesionales y bien coordinada (currículos, espacios, tiempos). En este sentido, el papel del equipo directivo escolar es decisivo.

Cómo aborda la enseñanza inclusiva un centro escolar necesariamente debe contemplarse en el Proyecto Educativo de Centro, así como en el plan de formación inicial y permanente de todo el profesorado.

Hablar de la formación del profesor para la escuela inclusiva es hablar de suscitar en el profesor un cambio de mirada en las aulas escolares, una mirada capaz de descubrir que los alumnos no son homogéneos y por lo tanto sus necesidades son diversas. En este sentido, de lo que se trata es de capacitar al docente para atender acertadamente las necesidades de cada uno de sus alumnos. Para ese cambio se precisa una formación orientada no únicamente a técnicas, estrategias y habilidades para la inclusión, sino también orientada a actitudes y valores (aceptación de todas las personas, respeto por la diversidad, equidad y calidad de la educación, flexibilidad, cambio de enfoques, colaboración del profesor de aula con los profesores de refuerzo).

En definitiva, avanzar de modo efectivo en el reto de la educación inclusiva, pasa necesariamente por una predisposición positiva de todos los miembros de la comunidad educativa escolar ante ese modelo educativo, y por una organización y coordinación del trabajo de todos ellos que potencien el aprendizaje de cada uno de los alumnos.