Enseñar a escribir

Vanguardia Educativa, nº 30, Monterrey, México, 2017

María Rosa Espot y Jaime Nubiola
Ciertamente estamos en la civilización de la imagen y de los intercambios de mensajes breves a través de instagram, twitter, whatsapp y otras aplicaciones telemáticas en boga. Sin embargo, el texto escrito sigue ocupando un lugar importante tanto en el ámbito académico como en el profesional. Por lo tanto, aprender a escribir es esencial para los alumnos.

Para la gran mayoría de los jóvenes de hoy es primordial compartir con sus amigos y conocidos sus vivencias, sus gustos y sus proyectos vitales. En este sentido, escribir es una de las mejores herramientas que tienen a su alcance para lograrlo. Se trata pues de ayudarles a descubrirlo. A escribir se aprende. Para enseñar a los alumnos a escribir es decisivo que los profesores escriban mucho y se empeñen en hacerlo mejor cada día: solo así podrán enseñar a otros.

"Texto fácil de leer es difícil de escribir", comprender a fondo esta conocida y certera frase nos parece interesante para todos, pero quizá más para los que se inician en esa tarea. Enseñar a escribir es enseñar a pensar, a ordenar las ideas, a crear un cierto ambiente tranquilo y de concentración. Enseñar a escribir es también enseñar a ser tenaz, esto es, a batallar con la página en blanco, a estar dispuesto a buscar incansablemente la palabra más ajustada, más bonita y más clara, a corregir muchas veces el texto propio y por supuesto a aceptar la crítica valiosa del maestro. A escribir se aprende escribiendo reflexivamente.

¡Cuántas veces escribir alivia el alma! El efecto terapéutico de la escritura no es una cuestión baladí. Por de pronto escribir sobre algo que nos pesa, preocupa o duele, dejar reposarlo y releerlo al día siguiente nos ayuda a ver con mayor claridad —¡y con mayor objetividad!— esa situación o circunstancia adversa que nos hace sufrir.

Escribir bien es una tarea cuidadosa. Supone poner atención a la forma y al fondo del texto, pensar en el lector y tener algo interesante, bonito, valioso o sugestivo para decir. Lograrlo requiere paz y tiempo. Enseñar a escribir es ayudar a crecer en interioridad y a pensar en los demás, por lo tanto a ganar en felicidad.


Cómo enseñar a escribir

La mejor manera, la más efectiva, de enseñar a los alumnos a escribir es invitándoles a escribir. Cuanto más escriban, antes aprenderán a escribir. A esa invitación, por supuesto, añadimos la de leer mucho. La lectura es un medio poderoso para aprender a escribir bien. Leer mucho ayuda a aprender a escribir correctamente las palabras, a enriquecer el vocabulario y a expresarse con mayor claridad. En este sentido, los profesores tenemos que ayudar a los alumnos a descubrir el gran tesoro que es la literatura. De hecho, si el profesor es un gran lector, podrá contagiar a sus alumnos el amor a la lectura y en consecuencia a la escritura. En definitiva, invitar a escribir y a leer mucho es la primera vía que nosotros proponemos para enseñar a escribir a los alumnos.

Para escribir es necesario concentrarse. Sea cual sea el tipo de texto —expositivo, argumentativo, narrativo, periodístico—, enseñar a escribir supone ayudar al alumno a prestar atención a una serie de cuestiones. La primera de ellas es pensar a quién va dirigido el texto —pensar en el lector—, y qué quiere comunicársele. Escribir pensando quién lo va a leer es muy diferente a escribir sin un destinatario concreto. Hacerlo permite poner alma y corazón en esas palabras.

En segundo lugar hay que determinar la estructura del texto, es decir, cómo se va a organizar lo que se quiere decir: el título, la extensión en palabras, los párrafos y apartados, cómo finalizará el escrito, etc. Antes de comenzar a escribir un texto es de gran ayuda anotar en un papel, de manera breve, todas las ideas que uno tiene acerca de lo que quiere escribir, y después escribirlas explícitamente. Finalmente toda la atención debe dirigirse a la redacción del escrito, centrándose no solo en la expresión, la ortografía y la sintaxis, sino también en la coherencia y cohesión del texto y el fondo conceptual.

Se trata de enseñar al alumno a cuidar la forma y el fondo del texto que aspira a escribir, y hacer ambas cosas de un modo reflexivo, sin prisas. El profesor que ama la escritura lo enseña con ilusión y pasión.


Corregir mucho

Una buena corrección ayuda mucho a mejorar la calidad de un texto. Por lo tanto, enseñar a los alumnos a escribir es —además— enseñarles a corregir lo que han escrito. Corregirlo significa hacerlo más claro y más hermoso.

El primer paso para corregir un texto es dejar reposar su borrador inicial, al menos veinticuatro horas. Enseñar a escribir pide al profesor fomentar en los alumnos la autocorrección de sus escritos. Esto es, leer muchas veces el borrador, utilizar el diccionario y los correctores ortográficos incluidos en los procesadores de textos, revisar la puntuación, el orden y la repetición de palabras, los objetivos iniciales planteados, la conexión de ideas. Si la corrección se hace en una copia impresa, es más fácil detectar los errores cometidos, pues la lectura de un papel es más ilustrativa que la pantalla de la computadora.

A veces corregir un texto consiste únicamente en añadir unas palabras para ganar en comprensibilidad o en hermosura; en cambio, otras veces habrá que "podarlo" para aligerarlo, es decir, suprimir redundancias o adjetivos que sobran. En definitiva, corregir un texto es también añadir o eliminar palabras. Cuentan que el Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez —como muchos otros grandes de la literatura— escribía solo una página diaria y después se dedicaba exclusivamente a pulir el texto escrito.

Para escribir bien lo más importante es escribir despacio y corregir mucho lo escrito. Como la escritura es expresión de la propia interioridad no puede hacerse con prisas, de forma apresurada. Vale la pena insistir en ello, pues la inmediatez y hacer las cosas de manera rápida —incluido cualquier aprendizaje— son valores muy preciados en la sociedad actual.


El papel del profesor

Para ganar en objetividad es recomendable contar con la lectura del texto por parte de otras personas. En este sentido, la lectura y sobre todo la corrección final del profesor son decisivas en el aprendizaje del alumno. Lo que queremos decir es que para que los alumnos aprendan a escribir, los profesores necesariamente tenemos que estar dispuestos a corregir sus textos, esto es, a dedicar tiempo y atención a esa tarea. Una buena corrección de textos exige al profesor una generosa dedicación.

La corrección es un instrumento importante de aprendizaje para los alumnos. Es más, los profesores debemos considerarla una técnica clave para enseñar a escribir. Por supuesto, no se trata de centrarnos únicamente en lo que está mal o en lo que tiene que mejorar, que de bien seguro lo habrá. Una buena corrección es positiva, es decir, primero destaca los aciertos del texto y después los errores cometidos. Como todos sabemos, de los errores también se aprende y eso el alumno tiene que poder descubrirlo y vivirlo. Finalmente, los comentarios de mejora nunca pueden faltar en un texto corregido.

Se trata de que el alumno aprenda a escribir, por lo tanto la claridad del profesor en sus comentarios —tanto en relación al texto como en relación a sus correcciones— ha de ser espléndida, sin vaguedades ni ambigüedades de ninguna clase. Los comentarios siempre deben ir acompañados de la cordialidad y afectuosidad para con el alumno, pues los profesores no solo aspiramos a que el alumno aprenda a escribir, sino que además queremos que disfrute escribiendo. Que descubra lo hermosa que es la tarea de escribir.

La corrección del profesor conviene que siempre sea pronta, lo más inmediata posible. De hecho, los retardos siempre van en detrimento del interés del alumno y claramente lentifican el aprendizaje.

A veces lo más práctico para que los alumnos comiencen a escribir es centrarse en los temas que realmente a cada uno más le importen: las relaciones afectivas, el estilo de vida, el desarrollo de las propias cualidades, las discusiones a nuestro alrededor, las aficiones; en resumen, todos aquellos temas que nos afectan y queremos comprender con más claridad. El esfuerzo por expresar por escrito contradicciones, experiencias, estados de ánimo, afectos, es una manera de crecer en la comprensión personal. En otros casos, lo más interesante son quizá las imágenes del futuro, los proyectos, los sueños, los anhelos más profundos: ¿qué me gustaría hacer a los cuarenta años?, ¿qué me veo siendo o haciendo a esa edad? Este es un campo magnífico para alentar a los alumnos a escribir y proporciona pistas bastante fiables para acertar en su orientación profesional.

En definitiva, vale la pena enseñar a los alumnos a aprovechar las ocasiones que brinda la vida para aprender y aficionarse a escribir. En este sentido, enseñar a escribir es ayudar a los estudiantes a crecer en el sentido más profundo de este término.

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María Rosa Espot (Barcelona) es licenciada en Ciencias Biológicas por la Universidad Autónoma de Barcelona y doctora en Humanidades por la Universitat Internacional de Catalunya. Desde 1978 es profesora en el Colegio La Vall en Bellaterra, Barcelona, España. Es autora de los libros La autoridad del profesor. Qué es la autoridad y cómo se adquiere (2006); en colaboración con J. Nubiola, Aprender a divertirse (2011) y Cómo tomar decisiones importantes (2016). Contacto: mrespot@la-vall.org

Jaime Nubiola (Barcelona, 1953) es profesor de Filosofía en la Universidad de Navarra, España. Entre sus libros se cuentan El taller de la filosofía, Pensar en libertad, Invitación a pensar y en colaboración con F. Zalamea, Peirce y el mundo hispánico. Es director del Grupo de Estudios Peirceanos. Contacto: jnubiola@unav.es