La mirada del profesor

Vanguardia Educativa (Monterrey, México), nº 28, 2017

María Rosa Espot y Jaime Nubiola
Para una buena docencia es clave que el profesor tenga una buena relación con los alumnos. Una buena relación exige una buena comunicación. Los profesores nos comunicamos con los alumnos a través de las palabras, oralmente o por escrito, y también a través de los sentidos, el tono de voz, los gestos y muy en particular a través de la mirada.

Ciertamente, al profesor su mirada le permite conectar y comunicar con sus alumnos. De hecho, hablar a los alumnos sin mirarles a los ojos transmite inseguridad al impartir la clase y distancia en su relación. Es más, algunos alumnos lo perciben como falta de interés hacia ellos. Lo mismo sucede cuando es el alumno —en el aula o fuera de ella— quien habla al profesor y este mira el móvil, sus apuntes, el ordenador o lo que sea, pero no a su alumno. La ausencia de la mirada del profesor no es indiferente a los alumnos. "El hecho de que el profesor te mire a los ojos cuando le hablas —comentaba una joven estudiante— indica que le importa lo que dices y cómo te sientes".

Por supuesto hay muchos tipos de miradas: alegres, tristes, afectuosas, vacías, profundas, compasivas, retadoras, ausentes. Por lo tanto, el sentir que transmite una mirada y el efecto que causa son muy diversos. En este sentido, podría decirse que hay miradas profundamente reconfortantes y otras por el contrario claramente desalentadoras. Lo que queremos decir es que con la mirada del profesor los alumnos se sienten o no queridos por él, y —como bien sabemos todos los profesores— el sentirse o no querido por el profesor tiene una repercusión grande en el rendimiento académico de los alumnos y en su crecimiento personal. La mirada es una excelente vía de conexión profesor-alumno.

Así pues, los ojos del profesor merecen atención. Son un elemento de comunicación no verbal cuyos mensajes —incluso los más minúsculos— son percibidos por los alumnos, quienes siempre están muy atentos a ellos y calan en gran medida en su interior.


Qué percibe el alumno en la mirada del profesor

En la mirada del profesor los alumnos pueden observar un sinfín de emociones, sentimientos, estados de ánimo y reacciones personales: gozo, cansancio, afectuosidad, sorpresa, agrado, disgusto, enfado, fastidio, apoyo, etc. En este sentido, la mirada puede ser positiva o negativa y en consecuencia puede generar en el aula un clima u otro.

Con sus ojos —sin mediar palabra alguna— el profesor puede realzar, estimular o apoyar la conducta de sus alumnos o por el contrario puede censurarla. Ni que decir tiene que un elogio o un reproche puede ser clave en su aprendizaje académico y en su aprendizaje vital. El profesor está continuamente comunicando. ¡Cuánto puede decirse y comunicarse en una simple mirada cruzada!

Pero, ¿qué esperan y desean realmente encontrar los alumnos en los ojos del profesor? Los alumnos desean encontrar en nuestros ojos de maestro una mirada que anime y acompañe, y no una mirada que juzgue o controle; una mirada que acoja y comprenda, que exprese confianza para hacer realidad las expectativas del profesor sobre cada uno de sus alumnos, expectativas que por supuesto el docente debe generar; una mirada en la que los alumnos puedan refugiarse cuando lo necesiten. La mirada del buen profesor no se queda en las apariencias, sino que ve más allá de un comportamiento, unas palabras, una actitud, unos resultados académicos o un sentir.

Los alumnos no soportan la indiferencia de sus profesores —dicho con otras palabras, que pasen de largo— ni su desconfianza en la capacidad de mejora del aprendiz. Los mejores profesores miran a sus alumnos y cuándo lo hacen no consideran tanto las carencias y deficiencias como todo lo bueno que tienen, pues están interesados sobre todo en que sus alumnos aprendan y desarrollen lo mejor que tiene cada uno en particular.


La manera de mirar puede aprenderse

Para educar es imprescindible querer al alumno, pero de tal modo que el alumno realmente se sienta querido como él necesita: con sus virtudes y sus carencias, tal como es y no por lo que hace ni por sus resultados académicos, y de manera incondicional.

Son muchas las veces que los profesores para comunicarnos con los alumnos empleamos el lenguaje no verbal. Si bien unas veces recurrimos a él de manera consciente, otras lo hacemos de modo inconsciente; en cualquier caso —consciente o inconscientemente— influirá de manera positiva o negativa tanto en el comportamiento como en el rendimiento del alumno. Lo que queremos decir es que a veces no somos demasiado conscientes de cómo son todas y cada una de las miradas que dirigimos a los alumnos. Por esto vale la pena poner atención en cómo son, es decir, considerar si con ellas el alumno se siente o no querido por quien es su profesor. La manera de mirar es clave en la relación educativa y la buena noticia es que puede aprenderse.

Por supuesto no se trata de aprender a contraer los músculos orbiculares de los ojos ni aprender a controlar los movimientos de los tendones de los párpados ni nada parecido a eso. Sino que se trata de algo mucho más profundo. Se trata de aprender a querer a los alumnos.

La mirada del profesor que el alumno necesita, es una mirada de amor de maestro en el sentido más amplio de la palabra. Una mirada que nace en el corazón del profesor que quiere sacar a la luz lo mejor de cada alumno en particular. Una mirada que hace que el joven aprendiz se sienta digno de la atención de su maestro. Aprender a mirar es aprender a querer.
La mirada del maestro es una mirada que enseña también a mirar, por lo tanto que enseña a los alumnos a querer a los demás.

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María Rosa Espot (Barcelona) es licenciada en Ciencias Biológicas por la Universidad Autónoma de Barcelona y doctora en Humanidades por la Universitat Internacional de Catalunya. Desde 1978 es profesora en el Colegio La Vall en Bellaterra, Barcelona, España. Es autora de los libros La autoridad del profesor. Qué es la autoridad y cómo se adquiere (2006); en colaboración con J. Nubiola, Aprender a divertirse (2011) y Cómo tomar decisiones importantes (2016). Contacto: mrespot@la-vall.org

Jaime Nubiola (Barcelona, 1953) es profesor de Filosofía en la Universidad de Navarra, España. Entre sus libros se cuentan El taller de la filosofía, Pensar en libertad, Invitación a pensar y en colaboración con F. Zalamea, Peirce y el mundo hispánico. Es director del Grupo de Estudios Peirceanos. Contacto: jnubiola@unav.es